Habían estado en el cumpleaños de Ernesto. A Mía le cayó bien. Todavía no lo conocía. –Ya está vieja la jugada, no?- le dijo Tomás. Ya vas a llegar a los vos también...
Todos se fueron. De repente, Él se levantó y todos se habían ido. Ya no quedaba nada. Sólo levantaron sus pertenencias y se largaron de allí. Como si nunca hubieran estado allí, Le decía a Ernesto mientras intentaba sacar el último cigarro que le quedaba totalmente apretado dentro de la arrugada etiqueta de 20 adentro del bolsillo trasero derecho del pantalón de Tomás, agregaría Florián mas tarde, contándole a alguien mas ese episodio.
Ernesto era mas grande, 2 + grandes = mayor que Tomás.

Mía no entendía como ninguno de los dos recordaba cómo se habían conocido - desde siempre - decían ellos.
Esa tarde, después de hablar, y como habían acordado, Tomás se encontraría con Mía. Antes compró cigarrillos.
Ernesto pagó el café. Enroscó la bufanda a su cuello y salió del bar. Caminaría a hasta su casa. Hizo frío. “Todos se fueron”, pensaba. Después entró a su casa.